Pimienta era un gato negro de ojos enormes que vivía en una casa con un porche lleno de macetas.
Cada año, cuando llegaba Halloween, ocurría lo mismo.
Los niños pasaban por delante de la casa, veían a Pimienta sentado junto a la puerta y decían:
—¡Mira! ¡Un gato negro! ¡Qué miedo!
Pimienta nunca entendía por qué.
Él no daba miedo.
Le gustaba dormir al sol, perseguir hojas secas y esconder calcetines debajo del sofá.
Pero en Halloween todos parecían pensar que su trabajo era poner cara misteriosa.
Ese año, Pimienta decidió que quería cambiar.
Mientras observaba cómo decoraban el porche, vio algo que le pareció mucho mejor.
Una calabaza.
Era redonda.
Naranja.
Tenía una sonrisa enorme.
Y todo el mundo se detenía a mirarla con cariño.
—Eso quiero ser yo —pensó Pimienta—. ¡Una calabaza!
Su primer intento fue muy sencillo.
Se colocó unas hojas secas encima de la cabeza y se sentó muy quieto junto a las demás calabazas.
Pasó una niña.
Miró el porche.
—¡Mamá! ¡Hay un gato entre las calabazas!
Pimienta frunció el ceño.
No había funcionado.
Entonces tuvo otra idea.
Encontró una manta naranja dentro de casa.
Tiró de ella.
La arrastró por el pasillo.
Subió las escaleras.
Bajó las escaleras.
Volvió a subirlas por accidente.
Y, después de mucho esfuerzo, consiguió envolverse entero.
Solo asomaban sus ojos y la punta de la cola.
—Perfecto —pensó.
Salió al porche dando pequeños saltos.
Pero la manta se enganchó en una maceta.
Pimienta rodó por el suelo.
¡Pum!
Terminó tumbado junto a una calabaza de verdad.
La calabaza parecía sonreírle.
—Claro, tú lo tienes fácil —murmuró Pimienta—. Todo el mundo quiere a las calabazas.
En ese momento apareció un niño con una cesta llena de caramelos.
Se acercó al porche.
Pimienta intentó esconder la cola debajo de la manta.
El niño lo miró.
Luego miró las hojas sobre su cabeza.
Y después miró la manta naranja.
—¿Estás intentando ser una calabaza?
Pimienta soltó un pequeño:
—Miau.
El niño se sentó a su lado.
—Pues yo creo que eres un gato estupendo.
Pimienta inclinó la cabeza.
—Además —continuó el niño—, las calabazas sonríen…
Señaló la cara de Pimienta.
—…y tú también.
Pimienta abrió un poco la boca.
El niño empezó a reír.
—¡Mira! ¡Lo sabía!
Pimienta se miró en el cristal de la puerta.
Sus bigotes estaban torcidos.
Tenía una hoja pegada en una oreja.
La manta naranja le quedaba enorme.
Y, sin querer, parecía estar sonriendo.
Quizá no necesitaba convertirse en calabaza.
Podía seguir siendo Pimienta.
Un gato negro.
Pero uno simpático.
Aquella noche dejó la manta naranja a un lado y volvió a sentarse junto a las calabazas.
Los niños siguieron pasando.
Algunos acariciaron a Pimienta.
Otros le dijeron hola.
Uno incluso le dibujó una pequeña calabaza en un papel y la dejó junto a él.
Desde entonces, cuando llegaba Halloween, Pimienta ya no intentaba parecer misterioso.
Se sentaba en el porche con la cola alrededor de las patas y su mejor cara de gato.
Y, si alguien decía:
—¡Mira! ¡Un gato negro!
Pimienta levantaba la cabeza orgulloso.
Porque había descubierto algo importante:
una calabaza podía ser simpática.
Pero un gato negro también.
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Pimienta era un gato negro de ojos enormes.
Cada Halloween, los niños lo veían y decían:
—¡Mira! ¡Un gato negro! ¡Qué miedo!
Pero Pimienta no quería dar miedo.
Un día vio las calabazas del porche.
Eran naranjas, sonreían y todo el mundo las miraba con cariño.
—Quiero ser una calabaza —pensó.
Primero se puso hojas secas sobre la cabeza.
No funcionó.
Después encontró una manta naranja y se envolvió con ella.
Solo asomaban sus ojos y la punta de su cola.
Pero la manta se enganchó en una maceta y Pimienta acabó rodando por el suelo.
Entonces llegó un niño.
—¿Estás intentando ser una calabaza? —preguntó.
Pimienta respondió:
—Miau.
El niño se sentó a su lado.
—Yo creo que eres un gato estupendo.
Después señaló una calabaza.
—Las calabazas sonríen.
Miró a Pimienta.
—Y tú también.
Pimienta se vio reflejado en el cristal.
Tenía los bigotes torcidos, una hoja pegada en una oreja y parecía estar sonriendo.
Entonces lo entendió.
No necesitaba convertirse en calabaza.
Podía ser un gato negro simpático.
Desde aquel Halloween, Pimienta dejó de intentar parecer otra cosa.
Se sentaba junto a las calabazas y saludaba a todos los niños con un pequeño:
—Miau.
Preguntas de comprensión
- ¿Por qué quería Pimienta convertirse en calabaza?
- ¿Qué hizo para intentar parecer una?
- ¿Qué descubrió Pimienta gracias al niño?
