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En un pequeño jardín lleno de hojas naranjas vivía una calabaza llamada Luma. La habían tallado la tarde anterior para celebrar Halloween y, aunque aquel era su primer cuento corto que contar al mundo, Luma ya se sentía muy orgullosa de su enorme sonrisa.

Por la noche, habían colocado una vela dentro de ella.

Su cara se iluminó.

—¡Estoy brillando! —exclamó maravillada.

El gato del jardín, que pasaba por allí, se quedó mirándola.

El búho inclinó la cabeza desde una rama.

Incluso una pequeña araña dejó de tejer durante unos segundos.

Luma estaba feliz.

Pero cuando llegó la mañana, algo había cambiado.

La vela se había apagado.

Luma intentó encenderse otra vez.

Apretó mucho los ojos.

Se concentró.

Hasta hizo una mueca enorme.

Nada.

—¡He perdido mi luz! —se lamentó.

Entonces decidió buscar ayuda.

Primero encontró al búho dormitando entre las ramas.

—Señor Búho, ¿cómo puedo volver a brillar?

El búho abrió un ojo.

—La luna brilla porque está muy alta. Quizá tú también necesites subir.

Luma rodó hasta una pequeña piedra e intentó colocarse encima.

Pero resbaló y acabó otra vez sobre la hierba.

Seguía apagada.

Después encontró a una araña que tejía una enorme telaraña entre dos arbustos.

—¿Cómo haces para que tu tela brille con el rocío?

La araña pensó un momento.

—Necesitas algo que refleje la luz.

Así que cubrió a Luma con pequeños hilos de telaraña.

La calabaza miró su reflejo en un charco.

—Estoy bastante elegante… pero sigo sin brillar.

Por último apareció el gato negro del jardín.

—¿Tú sabes cómo recuperar una luz perdida?

El gato caminó alrededor de ella.

—Cuando quiero encontrar algo, espero y observo.

Y eso hizo Luma.

Esperó.

Pasó la tarde.

El cielo comenzó a teñirse de naranja.

Las sombras se hicieron largas.

Y Luma seguía apagada.

Entonces escuchó unos pasos.

Un niño entró en el jardín llevando una capa demasiado grande y un pequeño cubo para caramelos.

Cuando vio la calabaza, corrió hacia ella.

—¡Mira, mamá! ¡Qué calabaza tan bonita!

El niño se agachó frente a Luma.

Sus ojos se abrieron con tanta ilusión que parecía que dentro de ellos había dos pequeñas estrellas.

Y, de repente…

la vela de Luma volvió a encenderse.

Una luz cálida apareció detrás de su sonrisa.

—¡Estoy brillando otra vez! —pensó sorprendida.

El búho abrió las alas.

La araña se balanceó desde su hilo.

El gato sonrió como si ya conociera el secreto.

Luma entonces lo entendió.

No necesitaba subir hasta la luna.

Ni cubrirse de cosas brillantes.

Su luz aparecía cuando alguien se acercaba con ilusión.

Aquella noche muchos niños pasaron por el jardín.

Cada vez que uno se detenía a mirar a Luma, su luz parecía hacerse un poquito más cálida.

Y cuentan que, desde aquella noche, las calabazas esperan cada Halloween con una pequeña luz en su interior.

No para iluminarse a sí mismas.

Sino para iluminar la sonrisa de quien se detiene a mirarlas.

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En un pequeño jardín lleno de hojas naranjas vivía una calabaza llamada Luma. La habían tallado la tarde anterior para celebrar Halloween y Luma se sentía muy orgullosa de su enorme sonrisa.

Por la noche, habían colocado una vela dentro de ella.

Su cara se iluminó.

—¡Estoy brillando! —exclamó maravillada.

El gato del jardín, el búho y una pequeña araña se quedaron mirándola.

Pero cuando llegó la mañana, la vela se había apagado.

Luma intentó volver a encenderse, pero no pudo.

—¡He perdido mi luz! —se lamentó.

Primero pidió ayuda al búho.

—La luna brilla porque está muy alta —dijo él—. Quizá tú también necesites subir.

Luma intentó subirse a una piedra, pero no funcionó.

Después preguntó a la araña.

—Mi tela brilla porque refleja la luz —explicó ella.

La araña cubrió a Luma con unos cuantos hilos, pero la calabaza seguía apagada.

Por último apareció el gato negro.

—Cuando quiero encontrar algo, espero y observo.

Luma decidió hacerle caso.

Pasó la tarde y empezó a anochecer.

Entonces un niño entró en el jardín.

Cuando vio la calabaza corrió hacia ella.

—¡Qué calabaza tan bonita!

El niño la miró con tanta ilusión que sus ojos parecían dos pequeñas estrellas.

De repente, la vela de Luma volvió a encenderse.

Una luz cálida apareció detrás de su sonrisa.

Entonces Luma comprendió el secreto.

Su luz no aparecía al intentar brillar para ella misma.

Aparecía cuando alguien se acercaba a mirarla con ilusión.

Aquella noche muchos niños pasaron por el jardín.

Y cada vez que alguien sonreía al verla, su luz parecía crecer un poquito.

Cuentan que por eso, desde entonces, las calabazas se encienden cada Halloween.

No solo para iluminar la noche.

También para iluminar las sonrisas de quienes se acercan a ellas.

Preguntas de comprensión

  1. ¿Qué descubrió Luma cuando llegó la mañana?
  2. ¿Qué consejos le dieron el búho, la araña y el gato?
  3. ¿Qué hizo que la luz de Luma volviera a encenderse?

Más cuentos de Halloween: El Dragón de las Sombras y la fiesta de Halloween.

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