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Cada 31 de octubre ocurría algo extraño en la pequeña tienda de disfraces de la calle Mayor.

Durante el día, nadie sospechaba nada. Las familias entraban y salían buscando capas, sombreros, coronas, máscaras y trajes para Halloween. Pero aquella historia empezaba de verdad cuando la dueña apagaba las luces, cerraba la puerta y el último ruido de la calle desaparecía.

Entonces, justo al dar las doce…

los disfraces despertaban.

Primero se movía una manga.

Después temblaba una capa.

Algún sombrero daba un pequeño salto sobre su estantería.

Y, poco a poco, la tienda entera se llenaba de susurros.

—Ya es Halloween —dijo una voz desde uno de los percheros.

Un disfraz de esqueleto bajó de su percha y estiró los brazos.

Se llamaba Huesitos.

Tenía varias costuras reparadas y una pequeña mancha de chocolate cerca de una rodilla. Había pasado tantos Halloweens fuera de la tienda que había perdido la cuenta.

—Otro año más —dijo orgulloso—. Seguro que mañana alguien vuelve a elegirme.

A pocos pasos de él colgaba un precioso vestido de princesa.

Era de color azul claro, tenía pequeñas estrellas bordadas y una corona plateada colocada sobre la percha.

La princesa también despertó.

Se llamaba Celeste.

—No sé por qué estás tan contento —dijo—. Cada año vuelves más arrugado.

Huesitos miró sus mangas.

—Eso significa que he vivido muchas aventuras.

Celeste soltó un suspiro.

Ella llevaba tres años en la tienda.

Y nadie la había comprado nunca.

—Yo no necesito acabar llena de manchas para saber que soy un buen disfraz.

—Pero nunca has vivido un Halloween fuera de aquí —respondió Huesitos.

Celeste se quedó callada.

Aquello le molestó.

—Seguro que mis Halloweens serían mejores que los tuyos.

—¿Ah, sí?

—Sí.

Los dos se miraron.

Entonces, desde una estantería, un sombrero de pirata murmuró:

—Solo hay una forma de comprobarlo.

Huesitos y Celeste giraron la cabeza hacia el escaparate.

Fuera, la calle estaba llena de luces naranjas.

Todavía quedaban familias paseando.

Niños disfrazados corrían de una casa a otra con bolsas de caramelos.

Celeste sonrió.

—Vamos.

La puerta estaba cerrada, pero los disfraces conocían un pequeño hueco detrás de una cortina del escaparate.

Huesitos salió primero.

Celeste fue detrás.

Era la primera vez que pisaba la calle.

—¡Es enorme! —susurró.

Pasó junto a ellos un niño vestido de dinosaurio.

Su disfraz tenía una cola torcida y una capucha demasiado grande.

El niño caminaba dando pasos enormes.

—¡Grrrr! ¡Soy el dinosaurio más peligroso del mundo!

Su padre se echó a reír.

Celeste lo observó.

—Ese traje ni siquiera está bien colocado.

—Mira su cara —respondió Huesitos.

El niño sonreía de oreja a oreja.

Siguieron caminando.

En una plaza encontraron a una niña con una sencilla sábana blanca y dos agujeros para los ojos.

—¿Eso es un fantasma? —preguntó Celeste.

—Eso parece.

La niña corría detrás de sus amigos mientras hacía:

—¡Buuuu!

Todos reían.

Celeste empezó a confundirse.

Aquel disfraz no tenía estrellas.

Ni bordados.

Ni siquiera una corona.

Pero la niña parecía feliz.

Más adelante vieron a dos hermanos.

Uno llevaba un disfraz de astronauta.

El otro iba vestido de bruja.

El sombrero de la bruja se cayó al suelo.

—¡Espera! —dijo el astronauta.

Lo recogió, se lo colocó a su hermano y continuaron corriendo juntos.

Huesitos señaló a los niños.

—Ese es uno de mis Halloweens favoritos.

—¿Cuál?

—Cuando tienes que correr para alcanzar a los demás.

Celeste sonrió un poco.

Continuaron hasta llegar a una casa decorada con calabazas.

Allí había una niña sentada en los escalones.

No llevaba disfraz.

Observaba a los demás niños desde lejos.

Celeste se acercó.

—¿Por qué no juega?

Huesitos se encogió de hombros.

En ese momento apareció otra niña vestida de caballera.

Llevaba una espada de cartón y un escudo hecho con una caja.

—¿Quieres venir con nosotros? —preguntó.

La niña de los escalones señaló su ropa.

—No tengo disfraz.

La pequeña caballera pensó unos segundos.

Después se quitó su capa roja y se la colocó sobre los hombros.

—Ahora sí.

La niña miró la capa.

Y sonrió.

Celeste permaneció completamente quieta.

—Huesitos…

—¿Sí?

—Creo que ya entiendo algo.

Los dos observaron cómo las niñas se alejaban juntas.

Celeste había pensado siempre que un buen Halloween dependía del disfraz más bonito.

Huesitos creía que dependía de todas las aventuras que hubiera vivido.

Pero ninguno tenía razón.

La noche era especial por la persona que estaba dentro del traje.

Un disfraz podía ser nuevo, viejo, elegante o estar hecho con una sábana.

Lo importante era lo que alguien imaginaba cuando se lo ponía.

—Entonces… —dijo Celeste—, todavía puedo tener un buen Halloween.

—Claro.

—Aunque haya pasado tres años colgada de una percha.

—Eso solo significa que tu primera aventura todavía está esperando.

Celeste sonrió.

A lo lejos comenzó a sonar el reloj de la plaza.

Una campanada.

Después otra.

Huesitos levantó la cabeza.

—Tenemos que volver.

Los disfraces solo podían permanecer despiertos hasta el amanecer.

Corrieron hacia la tienda.

Huesitos casi perdió un guante.

Celeste tuvo que sujetarse la corona mientras corría.

Entraron por el pequeño hueco del escaparate y regresaron rápidamente a sus perchas.

Poco después, la primera luz de la mañana apareció entre los edificios.

Los disfraces dejaron de moverse.

La tienda volvió a quedarse en silencio.

Horas más tarde, la dueña abrió la puerta.

Una niña entró acompañada de su madre.

Miró varios percheros.

Un traje de astronauta.

Una capa de vampiro.

Un sombrero de bruja.

Hasta que vio un vestido azul con pequeñas estrellas.

Sus ojos se iluminaron.

—Mamá…

Se acercó a Celeste.

—Quiero este.

Su madre descolgó el vestido de la percha.

Si alguien hubiera observado con mucha atención, quizá habría visto que una de sus estrellas parecía brillar un poquito más.

Y desde el perchero de al lado, Huesitos parecía sonreír.

La primera aventura de Celeste acababa de comenzar.

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Cada 31 de octubre, cuando la tienda de disfraces cerraba y daban las doce, todos los trajes despertaban.

Huesitos era un disfraz de esqueleto muy usado. Había vivido muchos Halloweens y estaba orgulloso de sus aventuras.

Celeste era un precioso disfraz de princesa que llevaba tres años esperando que alguien la eligiera.

Una noche empezaron a discutir.

Huesitos decía que los mejores disfraces eran los que habían vivido muchas aventuras.

Celeste pensaba que un disfraz bonito podía tener un Halloween mejor que cualquiera.

Decidieron salir de la tienda para comprobar quién tenía razón.

En la calle encontraron a un niño con un disfraz de dinosaurio mal colocado. Aun así, el niño estaba feliz.

Después vieron a una niña disfrazada de fantasma con una simple sábana blanca. Corría y reía con sus amigos.

También encontraron a dos hermanos que se ayudaban con sus disfraces mientras jugaban.

Por último, vieron a una niña sentada en unos escalones porque no tenía disfraz.

Otra niña se acercó y le prestó su capa.

—Ahora sí —le dijo.

Las dos se marcharon juntas.

Entonces Celeste comprendió que lo especial de Halloween no era llevar el disfraz más bonito.

Huesitos también entendió que no eran las manchas ni las aventuras de un traje lo que hacía especial aquella noche.

Lo importante era la persona que lo llevaba.

Un disfraz podía ser nuevo, viejo, elegante o estar hecho con una sábana.

Si ayudaba a alguien a imaginar, jugar y divertirse, ya era un buen disfraz.

Antes del amanecer, Huesitos y Celeste regresaron a la tienda.

A la mañana siguiente entró una niña.

Miró los percheros hasta encontrar el vestido azul de princesa.

—Mamá, quiero este.

Y así empezó por fin la primera aventura de Celeste.

Preguntas de comprensión

  1. ¿Por qué discutían Huesitos y Celeste?
  2. ¿Qué descubrieron al observar a los niños durante Halloween?
  3. ¿Qué ocurrió con Celeste a la mañana siguiente?

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