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Cuento: La mariposa que quería volver a ser oruga

 

Había una vez en un hermoso jardín un grupo de mariposas que revoloteaban entre las flores, bailando en el aire con sus alas coloridas y delicadas. Eran las criaturas más hermosas del jardín, y todos los demás insectos las admiraban. Pero entre ellas, vivía una mariposa llamada Maribel, que no se sentía satisfecha con su belleza.

Maribel era una mariposa común, con alas de un tono suave y sin los colores brillantes que poseían las demás. A pesar de ser una mariposa encantadora, se comparaba constantemente con las demás mariposas y siempre pensaba que era la más fea de todas.

Cada día, Maribel se miraba en el espejo de una gota de rocío y suspiraba. Sus amigas mariposas le decían lo hermosa que era, pero Maribel no podía evitar sentirse insegura. Soñaba con tener alas coloridas y brillantes, como las demás mariposas, y anhelaba ser el centro de atención en el jardín.

Un día, mientras volaba por el jardín, Maribel se encontró con una vieja oruga que se arrastraba lentamente por una hoja. La oruga tenía colores brillantes y hermosos, con rayas y patrones que parecían obras de arte. Maribel la miró con envidia y comenzó a hablar con ella.

“¿Cómo hiciste para tener esos colores tan maravillosos?” preguntó Maribel con tristeza.

La vieja oruga sonrió y respondió: “Querida Maribel, esos colores no los obtuve de la noche a la mañana. Fui una oruga simple y poco atractiva durante mucho tiempo. Luego, me construí un capullo y, después de un tiempo en su interior, me transformé en esta hermosa mariposa. Pero te diré un secreto, siempre fui hermosa, incluso cuando era una oruga”.

Maribel escuchó con atención las palabras de la vieja oruga. Comenzó a darse cuenta de que la belleza no solo se trataba de colores brillantes y alas llamativas, sino también de la forma en que uno se ve a sí mismo y cómo se trata a los demás.

Decidió hablar con sus amigas mariposas y compartir la lección que había aprendido. Les dijo que, aunque no tenía alas brillantes, se sentía agradecida por ser una mariposa y que cada uno tenía su propia belleza única. Sus amigas mariposas asintieron y la abrazaron, felices de ver a Maribel aceptarse a sí misma.

A medida que pasaba el tiempo, Maribel se convirtió en una mariposa más segura de sí misma y feliz. Dejó de compararse con los demás y comenzó a disfrutar de la vida en el jardín. Sus amigas mariposas la admiraban por su actitud positiva y su belleza interior.

Un día, mientras volaba entre las flores, Maribel se encontró con la vieja oruga una vez más. La oruga se había convertido en una hermosa mariposa y tenía alas de colores brillantes. Maribel sonrió al verla y le agradeció por la lección que le había dado.

La vieja oruga respondió: “Maribel, siempre fuiste hermosa, pero ahora has descubierto la belleza que llevas dentro. Esa es la verdadera belleza, y siempre estuvo contigo. No importa cómo luzcas por fuera, lo que importa es cómo te sientes contigo misma y cómo tratas a los demás”.

Maribel asintió con gratitud y continuó volando por el jardín, más feliz que nunca. Aprendió que la belleza no solo se encuentra en la apariencia, sino en la forma en que uno se valora a sí mismo y a los demás. Desde entonces, Maribel se convirtió en una de las mariposas más queridas del jardín, no por su apariencia, sino por su corazón amable y su actitud positiva.

La moraleja de esta historia es que la belleza viene de adentro y no siempre se trata de cómo lucimos por fuera. Aprender a amarse a uno mismo y a los demás es lo que realmente importa. La belleza interior brilla a través de la actitud y la amabilidad, y eso es lo que hace que alguien sea verdaderamente hermoso.