
Cuento Reyes Magos: La última casa antes del amanecer
La noche estaba a punto de rendirse ante el amanecer. El cielo comenzaba a aclararse en un azul suave y tímido, y la estrella que había guiado a los Reyes Magos brillaba un poco menos, como si también estuviera cansada. Melchor, Gaspar y Baltasar avanzaban en silencio por un camino estrecho, convencidos de que ya no quedaba ninguna casa por visitar.
—Será mejor descansar —dijo Melchor con voz serena—. El día está a punto de despertar.
Pero justo entonces, Baltasar señaló a lo lejos una pequeña luz temblorosa.
—Mirad… aún hay una casa despierta.
Era una casa humilde, de paredes sencillas y tejado gastado. Una de sus ventanas dejaba escapar una luz cálida, como una vela que se negaba a apagarse. Los Reyes se miraron entre sí. No estaba en los planes, pero algo en aquella luz los llamaba.
Dentro de la casa vivía Alba, una niña de ojos grandes y corazón aún más grande. Estaba sentada en su cama, abrazando un muñeco viejo, con los zapatos colocados cuidadosamente junto a la puerta. Había esperado toda la noche, luchando contra el sueño, pero ahora el amanecer se colaba por la ventana y con él una tristeza silenciosa.
—Seguro que se han olvidado de mí —susurró, sin enfadarse, solo con una pequeña pena—. Mi casa está muy lejos.
Alba no pidió juguetes grandes ni regalos brillantes. Solo había dejado una nota, escrita con letras torcidas, que decía: “Queridos Reyes, gracias por venir a todos los niños, aunque no podáis pasar por aquí”.
Cuando los Reyes llegaron a la puerta, el tiempo pareció detenerse. Gaspar sintió un nudo en el pecho.
—Esta es la última casa —dijo en voz baja—. Y quizá la más importante.
Entraron despacio, con pasos de cuidado para no romper el silencio. Vieron a Alba dormida, con el muñeco apretado contra el pecho y una pequeña sonrisa cansada. Baltasar tomó la nota y la leyó. Sus ojos se humedecieron.
—Ella cree en nosotros… incluso pensando que no vendríamos.
Melchor se acercó a la ventana y miró el cielo que ya clareaba.
—Nuestra misión no es solo traer regalos —dijo—. Es mantener viva la ilusión, incluso cuando parece tarde.
Los Reyes dejaron sobre la mesa un pequeño paquete envuelto con papel sencillo. Dentro había un libro, una estrella de madera y una carta. Pero antes de irse, Gaspar se inclinó junto a la cama y, con voz tan suave como un sueño, susurró:
—Nunca llegamos tarde a un corazón que espera con fe.
Alba se movió un poco y sonrió dormida, como si hubiera escuchado.
Cuando el sol comenzó a asomar, Alba despertó. Lo primero que vio fue el paquete sobre la mesa. Se quedó inmóvil, sin atreverse a respirar. Luego, bajó de la cama y lo abrió con cuidado. Al leer la carta, sus ojos brillaron.
“Gracias por esperarnos. Tu ilusión nos ha recordado por qué hacemos este viaje cada año. Con cariño, los Reyes Magos”.
Alba abrazó el libro y miró por la ventana. La estrella ya no estaba, pero su luz parecía seguir allí, dentro de ella.
Lejos de la casa, los Reyes se detuvieron antes de partir. El amanecer los envolvía con colores dorados.
—Esta noche he aprendido algo —dijo Baltasar—. No importa cuántas casas visitemos, sino a cuántos corazones llegamos.
—Y que la esperanza más pequeña puede iluminar incluso el final de la noche —añadió Gaspar.
Melchor asintió, con una sonrisa tranquila.
Desde entonces, cuentan que los Reyes Magos nunca dan por terminado su viaje hasta que el sol sale por completo. Porque siempre puede haber una última casa… y un corazón esperando creer un poco más.

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