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Ilustración 3D cartoon de un camello de los Reyes Magos superando su miedo a volar con la ayuda de un niño, inspirada en un cuento navidad infantil.

Cuento Reyes Magos: El camello que tenía miedo a volar

La noche de Reyes estaba a punto de comenzar. El cielo se vestía de azul profundo y las estrellas parecían guiñar los ojos con emoción. En el campamento de los Reyes Magos, todo era movimiento: sacos preparados, regalos ordenados y risas suaves que viajaban con el viento.

Pero no todos estaban tranquilos.

Entre los camellos, uno permanecía un poco apartado. Se llamaba Nube, y aunque era fuerte y bondadoso, tenía un secreto que le pesaba más que cualquier carga: tenía miedo a volar.

—¿No estás listo, Nube? —preguntó Gaspar acariciándole el cuello.

Nube bajó las orejas y movió la cabeza con timidez.

—Lo intento… pero cuando pienso en elevarme en el cielo, mis patas tiemblan —confesó con voz suave.

Melchor y Baltasar se acercaron. No era la primera vez que un camello sentía nervios, pero aquella noche era especial: volarían más alto y más lejos que nunca.

—El miedo no es algo malo —dijo Baltasar con calma—. A veces solo quiere protegernos.

—Pero todos los demás pueden hacerlo —respondió Nube—. Yo soy el único que duda.

Melchor sonrió.

—El valor no consiste en no tener miedo —dijo—, sino en no dejar que el miedo decida por ti.

Aun así, cuando llegó el momento de despegar, Nube se quedó quieto. Los otros camellos alzaron el vuelo con elegancia, dejando una estela de luz en el cielo. Nube los vio alejarse y sintió un nudo en el pecho.

—No puedo… —susurró.

Entonces, algo inesperado ocurrió. Desde una casa cercana, un niño que no podía dormir observaba la escena desde su ventana. Había visto a los Reyes prepararse y, al notar al camello inmóvil, decidió acercarse.

—Hola —dijo el niño sin miedo—. ¿Te pasa algo?

Nube se sorprendió.

—Tengo miedo a volar —admitió—. Y esta noche todos cuentan conmigo.

El niño se sentó en el suelo, mirando al cielo.

—Yo también tengo miedo a veces —dijo—. Cuando empiezo algo nuevo, mi corazón late muy rápido.

—¿Y qué haces? —preguntó Nube.

—Respiro hondo —respondió el niño—. Y doy un pasito. No el más grande. Solo uno.

Baltasar observaba la escena desde cerca y asintió.

—A veces —añadió—, confiar empieza con algo pequeño.

Melchor colocó una mano sobre el lomo de Nube.

—No tienes que volar tan alto como los demás —dijo—. Solo despega un poco. Lo justo para creer en ti.

Nube cerró los ojos. Pensó en los regalos, en los niños que esperaban, en aquella noche única. Inspiró profundo… y dio un pequeño salto.

No voló. Pero tampoco cayó.

—¡Lo has hecho! —exclamó el niño.

Nube volvió a intentarlo. Esta vez, sus patas se separaron del suelo unos segundos más. El miedo seguía ahí, pero ya no mandaba.

—Estoy temblando… —dijo Nube.

—Y aun así avanzas —respondió Baltasar—. Eso es ser valiente.

Con cada intento, Nube subió un poco más. No tan rápido ni tan alto como los demás, pero suficiente para seguir el camino. Cuando por fin alzó el vuelo junto a los Reyes, una sonrisa iluminó su rostro.

—Gracias —dijo al niño—. Me has ayudado a creer.

—Gracias a ti —respondió el niño—. Ahora sé que yo también puedo.

La caravana se alejó en el cielo. Desde abajo, el niño vio cómo Nube volaba con esfuerzo, pero también con orgullo. No era el más veloz ni el más audaz, pero sí el que más había crecido esa noche.

Mientras repartían los regalos, Melchor susurró:

—Este año, el mejor regalo no va en un saco.

Baltasar asintió.

—Va dentro.

Desde entonces, Nube nunca dejó de sentir un poco de miedo al volar. Pero ya no lo veía como un enemigo, sino como un recordatorio de todo lo que era capaz de superar.

Y cada vez que el cielo se abría ante él, sonreía y pensaba: el valor no es no tener miedo… es avanzar a pesar de él.

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