
Cuento Reyes Magos: Baltasar y la estrella que se apagó
La estrella que guiaba a los Reyes Magos había sido siempre la más brillante del cielo. Desde muy lejos, su luz marcaba el camino, atravesando desiertos, montañas y noches infinitas. Melchor confiaba en su constancia, Gaspar en su sabiduría… y Baltasar en su calor, porque decía que aquella estrella no solo iluminaba el camino, sino también el corazón.
Pero una noche, mientras la caravana avanzaba entre dunas silenciosas, Baltasar levantó la mirada y frunció el ceño.
—Algo no va bien —susurró.
La estrella parpadeó, como si estuviera cansada. Su brillo, antes firme, se volvió débil y tembloroso.
—Tal vez sea una nube —dijo Gaspar.
—O el cansancio de un viaje tan largo —añadió Melchor.
Sin embargo, Baltasar sentía que no era eso. La estrella parecía apagarse poco a poco, como una vela que lucha contra el viento.
Y entonces ocurrió: la luz se redujo tanto que el cielo quedó casi oscuro.
Los camellos se detuvieron, confundidos. Sin la estrella, no sabían hacia dónde continuar.
—Nunca nos había pasado algo así —dijo Melchor con preocupación.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Gaspar.
Baltasar respiró hondo.
—Buscaremos ayuda en la tierra —dijo con decisión—. A veces, cuando el cielo se oscurece, hay que mirar abajo.
Cerca de allí, encontraron un pequeño pueblo. No era grande ni lujoso, pero tenía casas cálidas y chimeneas encendidas. Los Reyes entraron con respeto, y pronto algunos vecinos salieron a su encuentro.
—Buenas noches —saludó Baltasar con una sonrisa amable—. Nuestra estrella se está apagando y hemos perdido el camino.
La gente del pueblo se miró entre sí. No sabían nada de estrellas mágicas, pero sí sabían ayudar.
—Pueden descansar aquí —dijo una anciana—. Cuando alguien se pierde, lo primero es no caminar solo.
Les ofrecieron agua, comida y un lugar donde sentarse. Un niño se acercó curioso y miró al cielo.
—Quizá la estrella está triste —dijo—. A veces yo brillo menos cuando alguien lo pasa mal.
Baltasar se agachó a su altura.
—Eso es muy sabio —respondió—. ¿Y qué haces tú cuando alguien lo pasa mal?
—Ayudo —contestó el niño—. Aunque sea poquito.
Aquella noche, mientras la estrella seguía apagándose, el pueblo entero se puso en movimiento. Unos prepararon mantas para una familia que tenía frío, otros compartieron pan con quien no tenía, y algunos arreglaron el tejado de una casa vieja antes de que llegara la lluvia.
Baltasar observaba todo en silencio. Cada gesto era pequeño, pero juntos formaban algo grande.
De pronto, alguien señaló el cielo.
—¡Mirad!
La estrella no brillaba como antes, pero había recuperado un destello suave, diferente.
—Está reaccionando —dijo Gaspar sorprendido.
Baltasar sonrió.
—No se alimenta de oro ni de mapas —dijo—. Se alimenta de bondad.
Los vecinos siguieron ayudándose unos a otros, sin pensar en la estrella, sin esperar nada a cambio. Y cuanto más compartían, más firme se volvía la luz en el cielo.
Al amanecer, la estrella volvió a brillar, no tan intensa como al principio, pero sí clara y segura.
—Ya podemos seguir —dijo Melchor.
Antes de partir, Baltasar reunió al pueblo.
—Nos habéis enseñado algo muy importante —les dijo—. La luz más fuerte no siempre viene del cielo. A veces nace cuando las personas se ayudan unas a otras.
El niño que había hablado con Baltasar levantó la mano.
—Entonces… ¿todos podemos ser estrellas?
Baltasar asintió.
—Exactamente.
Los Reyes retomaron su camino, guiados ahora por una estrella distinta. No solo miraban al cielo, también recordaban cada acto de solidaridad del pequeño pueblo.
Desde aquel día, Baltasar nunca volvió a preocuparse si la estrella parpadeaba. Sabía que mientras existiera la ayuda, el trabajo en equipo y la bondad, siempre habría luz suficiente para encontrar el camino.
Y así, en cada lugar donde alguien tendía una mano, una estrella invisible volvía a brillar.